El hallazgo del cadáver de una joven agente inmobiliaria, asesinada brutalmente sin ningún motivo aparente, supone para Wallander un descenso a los infiernos mucho más largo y profundo de lo que nunca hubiera imaginado al iniciarse un caso. Y esta vez, además, se trata de una conspiración internacional detrás de la cual se encuentra una organización de extrema derecha. Ésta, decidida a dinamitar el proceso antiapartheid en la lejana Sudáfrica, ha contratado a un asesino a sueldo, quien, con la ayuda de un antiguo agente de la KGB, planea atentar contra un importante dirigente muy cerca de donde Wallander investiga. Acosado por sus persistentes problemas personales, el inspector entrará en una espiral de suspense cada vez más vertiginoso.
Este es el tercer libro que leo de este autor, los anteriores, Asesinos sin rostro y Los perros de Riga, me gustaron muchísimo. No puedo decir que este tercero sea malo, en absoluto, creo que es una historia muy bien tejida, con personajes que me han parecido bien elaborados, Wallander sobre todo me encanta, pero el tema de las conspiraciones políticas no va mucho conmigo y esta vez ha habido algunas partes de la novela que se me han hecho insoportables, admito haber estado a punto de abandonarlo, de hecho me ha costado muchísimo terminarlo. Quizás lo he cogido en mal momento, no sería la primera vez que un libro me resulta tedioso y más tarde su relectura me parece lo mejor de lo mejor, ¡a quién no le ha pasado alguna vez!
A pesar de no haber tenido suerte con esta historia, estoy dispuestísima a seguir leyendo las aventuras de Wallander, creo que Mankell es un autor que merece la pena y quizás la próxima novela de esta saga me sorprenda muy gratamente. Hoy, desgraciadamente, me quedo con las ganas de poder decir que disfruté de la lectura.
